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Tal vez debamos leer menos

Por: Jangelort
Jan 3, 2007

El parque Los Chorros, en Caracas, está ubicado a las faldas del Cerro El Ávila, hacia el norte de la ciudad. Es un sitio muy energético, con un serpenteante y cantarino riachuelo que salta entre piedras y forma en algunos sitios pequeños pozos que algunos visitantes pueden disfrutar; bastante vegetación con frondosos árboles acariciados por la brisa prodigan frescor y sombra; cómodas caminerías empedradas lo bordean y cruzan sobre las frescas aguas montañeras. En este parque nos reunimos periódicamente los integrantes del grupo dedicado a estudiar religión antigua.

El día de hoy llego en compañía de mi hija y mi nuera en el auto de esta última, con el tiempo en contra nuestra. Las oportunidades anteriores dejábamos el auto en el estacionamiento del edificio donde habita mi hija para irnos caminando hasta el parque y acceder a él por la parte sur. En esta oportunidad y en virtud del retraso buscamos a Leticia y seguimos en el auto en pos del estacionamiento que está en la parte norte del referido parque.

Por ser la primera vez que hacemos tal cosa estamos un poco perdidos y un cartel indicativo no nos es de gran ayuda. Ante la duda que nos asalta preferimos devolvernos e ir a la otra entrada para buscar mejor información y allí vemos a uno de los guardias del parque. Mi nuera maniobra su pequeño automóvil para quedar cerca de él y entonces mi hija le pregunta:

-Señor, por favor: ¿Cómo llegamos al estacionamiento del parque?
-Muy fácil – responde el guardia-. Sigan tres cuadras hacia delante y doblen a la derecha y todo el tiempo a la derecha.

Una mezcla de interrogación y admiración destella sobre la cabeza de cada uno de los tres ocupantes del vehículo. Tras unos segundos de duda, mi nuera toma la palabra.

-Señor: ¿Usted quiere decir que una vez que crucemos sigamos derecho hasta el final de la calle?
-¿No entienden? –responde el personaje con una sonrisa -. ¡Crucen a la derecha y todo el tiempo a la derecha tres cuadras más allá!
-Perdone, señor, pero no entendemos –agrega mi hija-.
-Pero es muy fácil: cuando lleguen a la esquina doblan a la derecha y todo el tiempo a la derecha...
-…Está bien, señor, muchas gracias.

El pequeño auto gris arranca rumbo a la esquina donde habíamos visto anteriormente aquel solitario cartel que indicaba por donde ir al susodicho estacionamiento… Mi hija comenta que tal vez el guardia no se percató de mi presencia en el asiento posterior y que hasta se quedaría pensando: “Mujeres tenían que ser para no entender”.

La chofereza, siguiendo su intuición y no sin alguna pequeña duda, conduce su auto que se desplaza calle arriba por una pendiente constante la cual no es quien hace que el vehículo marche con cierta lentitud, sino que en cada esquina buscamos algún señalamiento para alcanzar nuestro destino. Casi al final de la vía descubrimos otro cartel indicativo y volvemos a cruzar a la derecha. Finalmente vemos la entrada del aparcadero. Bajamos del vehículo y nos dirigimos al sitio donde suponemos ya está el resto del grupo.

A medida que bajo las escaleras del parque y voy recorriendo el sendero empedrado, la hilaridad me envuelve al recordar el comentario que hiciera mi hija después del encuentro con aquel guardia:

-…Tal vez debamos leer menos, porque estamos acostumbrados a que los libros nos planteen las ideas con claridad y por eso no entendemos cuando alguien no se expresa adecuadamente… Tengo una amiga que no le gusta leer y estoy segura que si ella hubiera estado con nosotros no habría faltado un tris para un intercambio de palabras fluido y esclarecedor, entre ella y el guardia.

Aunque el comentario posee su buena dosis de satírico humor y no dejó de hacerme pensar en la parcial verdad que el mismo encerraba, no pude evitar considerar el exabrupto que se cometería si por procurar entender a quienes no saben expresarse adecuadamente sacrificáramos nuestra intelectualidad y el encanto del contenido de los libros.


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